LA INGENIERA CIVIL QUE TERMINÓ ESTUDIANDO ARQUITECTURA

Ing. Ana Irene Castellanos Aguilar


Hola, me llamo Ana. Soy Ingeniero Civil, graduada en el 2014, y comencé a estudiar Arquitectura en septiembre del 2019.

Si estás pensando lo que varios de mis amigos y familiares que me preguntaron «¿QUÉ?, ¿OTRA CARRERA?, ¿PARA QUÉ? Mejor estudiar una maestría, ¿no?» entonces te invito a leer esta historia que comenzó hace muchos años…

Cuando era niña, por alguna extraña razón, quería ser bióloga marina.

-Pero esa carrera sólo la puedes estudiar en Baja California- me dijo mi mamá.

-No importa, me voy para allá.

Hasta que un día, fuimos a vacacionar a un río y algo me pasó nadando cerca de la pierna. Nunca se me va a olvidar el asco y el terror que sentí. Ahí me di cuenta de que no podía ser bióloga marina.

Después quise ser “chef”. Hasta que mi mamá me mandó a limpiar un pollo para la comida.

Una vez más, el asco.

«No puedo ser chef.»

Después quise ser psicóloga.

«Creo que estoy muy “loca” para ser psicóloga, mejor no. ¿Tal vez diseñador gráfico?»

Fue durante ese tiempo que me fui de vacaciones con mis abuelos al Estado de México.

En ese entonces, mi abuelo estaba construyendo una casa para venderla. De hecho, ya estaba vendida, ya sólo faltaban algunos detalles de carpintería. Y nos llevó a mi mamá y a mí a verla.

Cuando entramos, lo que más me llamó la atención fue que no había pared en la parte trasera de la casa; en lugar de muros de concreto, había un gran muro de piedra: una cara del cerro donde se ubicaba la casa.

Y del lado contrario, en la fachada, yacía un muro curveado con una ventana que lo abarcaba casi en su totalidad y una vista impresionante hacia el Valle de México.

Para cuando llegamos al roof garden, yo ya estaba convencida de que también quería hacer eso.

Pero existían dos caminos que me podrían llevar a la construcción de casas: Ingeniería Civil y Arquitectura.

Así que comencé a investigar y a preguntar. Sabía que las dos eran carreras que me permitirían “construir”, pero ¿cuál era la diferencia?

A decir verdad, no recuerdo exactamente qué fue lo que encontré, ni en dónde lo encontré, pero en mi cabeza se había formado una idea clara y simple: la ingeniería era matemáticas y la arquitectura era arte. Si bien no estaba del todo mal, tampoco estaba del todo bien; pero esa fue la conclusión a la que llegó mi mente de 17 años. Y me fui con esa idea hasta que llegó el día en que tuve que elegir entre las dos, y al momento de decidir pensé:

«Para estudiar ingeniería se necesita ser bueno con las matemáticas y la física… y lo soy. 2+2=4 aquí y en China. Pero la arquitectura es más subjetiva… se necesita talento y pues la neta creo que no la voy a armar… Creo que será más fácil estudiar ingeniería y ya cuando termine estudio lo que me interese de arquitectura…»

Y así fue como, aunque suene difícil de creer, me decidí por ingeniería porque me pareció MÁS FÁCIL. Además, arquitectura era más caro y mi papá de por si estaba haciendo un esfuerzo al enviarme a una universidad privada.

Al entrar a la universidad me encontré con que sí era buena para las matemáticas, pero mi preparación en la prepa había sido pésima (gracias, educación pública), y en mi primer examen de cálculo saqué 0.5 de calificación.

CERO. PUNTO. CINCO.

Pero a pesar de que sufrí con cálculo y álgebra (al grado de hacerme llorar en varias ocasiones, lo admito), el resto de la licenciatura fue bastante agradable y me la llevé bastante bien. Debo decir que me gustaba mucho la carrera que había elegido y me emocionaba aprender cada vez más.

Terminé mis estudios en tiempo y forma en diciembre del 2014, súper orgullosa y feliz de que ahora sí era ingeniera, y una semana después de terminar mis exámenes finales, conseguí mi primer empleo como auxiliar de supervisión en la SCT.

Durante los 4 años posteriores, estuve trabajando en supervisión y luego análisis de costos (me tomé un año sabático cuando me mudé de Tabasco al Estado de México), y si bien me gustaba lo que hacía (a pesar de algunos temas laborales que quizá comente en otros posts), no me sentía del todo conforme.

Al estar alejada de los temas de ciencias exactas de la ingeniería y dedicarme más a procesos constructivos y administración, me di cuenta de que mis intereses se comenzaban a inclinar hacia la arquitectura. Vamos, que me interesaba mucho más la Planta Libre de Le Corbusier que el Método de Trabajo Virtual en armaduras.

Y así, me fui adentrando cada vez más en los temas de arquitectura. Pero pues, yo ya había estudiado una carrera y no tenía dinero para pagarme otra. Así que comencé a buscar opciones de maestría, pero ninguna me convencía.

Así estuve algunos meses, hasta que un día platicando con un compañero del trabajo que estudia arquitectura, me dijo “¿por qué no presentas examen para la UAM?”.

-¡Pfff! Entrar a una universidad pública está perrísimo… no creo pasar el examen…

-Pues yo presenté el examen 3 veces… pero pues quedé. Deberías checar la convocatoria, creo que acaba de salir.

-Vaya, qué ánimos.

Además, parte de la puntuación requerida para entrar era mi promedio de la prepa. Un grandioso promedio de 7.6.

Sin mucho empeño, revisé el plan de estudios de la escuela, y me gustó. Así que revisé la convocatoria; el examen de admisión costaba $360 MXN.

«Pues va, no es tanto… gasto más en otras tonterías.»

Compré la guía para el examen y me puse a estudiar. La verdad no me sentía nada preparada, los temas eran de prepa y yo había salido de la prepa hace 8 años. No me acordaba de la mayoría de las cosas.

Tomé el examen de admisión un domingo de junio, nerviosa y ya mentalizada de que no lo iba a pasar. No le dije a nadie.

«Equis, si no apruebo no pasa nada. Sigo con mi vida y ya.»

No me dio tiempo de contestar todo el examen —dicen que está hecho para eso, para que no se pueda terminar—. Así que me fui a mi casa hasta cierto punto derrotada y segura de que no iba a pasar.

Un mes después, mientras festejábamos mi cumpleaños en familia, salieron los resultados del examen.

Lo primero que apareció al revisar mis resultados, fueron unas letras rojas en mayúscula.

“Ya valió madres” , fue lo primero que pensé.

Seguí leyendo y me di cuenta de que había sido aceptada.

Lo leí un montón de veces.

No lo podía creer.

Y fue hasta entonces que acepté algo que ya sabía muy en el fondo: yo no quería estudiar ingeniería, sino arquitectura.

Y no me lo tomen a mal, la ingeniería es increíble y me gustó muchísimo estudiarla, pero al final, resultó no ser lo que yo buscaba. No era lo que realmente quería para mí.

Lo escogí simplemente porque tenía miedo a fracasar en lo que realmente quería, y lo entiendo ahora (a los 17 años casi todos tenemos miedo de no armarla en lo que escogemos, ¿o no?). Afortunadamente, toda mi familia me apoyó en mi decisión y ahora estoy estudiando lo que realmente quiero.

¿Me arrepiento de haber estudiado ingeniería? Para nada.

Esa primera experiencia me trajo mucha madurez, conocimientos y temple que me van a servir muchísimo ahora. De lo único que me arrepiento, es de no haber comenzado a estudiar arquitectura antes.

Y así fue como una Ingeniero Civil terminó estudiando Arquitectura.


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